Depresión y Melancolía

Si alguien a quien amamos muere o nos abandona, si una guerra reduce a polvo los cuadros y las estatuas que hoy admiramos, las obras de nuestros poetas y pensadores, y esta guerra encima nos hace perder la patria y cambiar de país, podemos sentir un amargado hastío del mundo o una rebeldía contra esa fatalidad.  Es como si no pudiéramos aceptar que todo el esplendor está condenado a desaparecer en la nada. La idea de que la vida y la naturaleza no son inmortales, viven y mueren, no son estables, nos agobia hasta tal punto que nos dejamos embargar por una tristeza que malogra el goce de lo bello por su transitoriedad.  Pero si el mundo que nos rodea es transitorio, si la naturaleza cambia constantemente, nosotros somos también transitorios, temporales, mortales.


Nuestra capacidad amorosa llamada libido cuya carga está puesta en un objeto, queda en libertad cuando lo perdemos, se sustrae de él para poder tomar otros objetos como sustitutos, es decir, se desplaza hacia otros nuevos, aunque también puede retornar transitoriamente al yo en un proceso normal de lo que denominamos duelo.  Este proceso puede ser doloroso ya que el yo aunque tenga conocimiento de lo que ha perdido en el duelo, no se resigna tan fácilmente a desprenderse de su objeto amoroso, por lo que en su afán por mantenerlo es capaz de introyectarlo e identificarse con él,  manteniendo en cierta medida su relación y negando de alguna manera la pérdida.  Es así como un duelo se puede transformar en una melancolía.


La melancolía se caracteriza psíquicamente por un estado de ánimo profundamente doloroso, una cesación de interés por el mundo exterior, una pérdida de la capacidad de amar, en general la inhibición de todas las funciones y la disminución de amor propio.


En la melancolía el sujeto ha sufrido una pérdida inconsciente (a diferencia que en el duelo, el sujeto no sabe lo que ha perdido) influida por una ofensa o un desengaño inferido por la persona amada o equivalente (que puede haber acontecido en la realidad o no).  En este sentido hay que tener en cuenta que las relaciones amorosas se caracterizan por su ambivalencia, lo que quiere decir que la libido puesta en un objeto (la persona amada, el ideal, la patria, la libertad, etc.) está acompañada de sentimientos tanto de amor como de odio que están en juego, pudiendo generar conflictos con el objeto de la relación.  Estos conflictos que se mantenían en el “exterior” con el objeto amado se ven trasladados a un conflicto entre el yo y la conciencia moral del sujeto.  Esto es debido a lo que aludimos anteriormente: el yo en su afán por mantener su objeto puede introyectarlo, transformarlo en una parte del propio yo, identificarse con él a través de un proceso de la regresión de la elección de objeto narcisista al narcisismo.


La persona puede exteriorizar este conflicto en el reproche de haber deseado la pérdida del objeto o incluso ser culpable de ella.  Continuos reproches y acusaciones con los que se somete y abruma. En realidad, estos reproches están dirigidos a otra persona, al objeto erótico perdido, pero vueltos contra el propio yo.  Freud dice: “La mujer que compadece a su marido por hallarse ligado a un ser tan inútil como ella, reprocha en realidad al marido su inutilidad, cualquiera que sea el sentido que dé a estas palabras.”   Son como un autocastigo con el que se consigue una venganza y un tormento para los que ama por medio de la enfermedad y para los que no puede demostrar directamente su hostilidad.
Son personas que se sienten empobrecidas, pequeñas, sufren frecuentemente de insomnio, rechazan alimentarse, no rinden en su trabajo, no se creen dignos de la estimación de nadie, se humillan delante de los demás y compadecen a los suyos, sus familiares y amigos, por hallarse ligados a una persona tan despreciable como ellos.  Y estas cosas las dicen, las comunican a todo el mundo como si en este rebajamiento hallaran una satisfacción sádica, una satisfacción de las tendencias de odio que están orientadas hacia ese objeto, pero que se ven retrotraídas al propio yo del sujeto.


Esta necesidad de autocastigo puede abrigar tendencias suicidas que hacen muy peligrosa la melancolía. El sujeto contempla y en algunos casos ejecuta su propia destrucción sin darse cuenta de que en ese acto al que desea matar es a otro.
Si usted ha contemplado la posibilidad de suicidarse, pregúntese: ¿a quién quiero matar? y por favor, consulte con un psicoanalista.


Susana Lorente
Psicóloga-Psicoanalista